Hace unos años mi hijo mayor llegó a casa un tanto enfadado del cole, habían comenzado a tocar la flauta en clase y a él no le “salía”, —no sé tocar, mamá —confesó entre sollozos. Le dije que me enseñara como lo hacía, y mientras trataba de consolar su frustración, le conté que yo tuve que tocar la flauta miles de veces para que “saliera” música de verdad. —¿Tú tocas la flauta, mamá? —preguntó entusiasmado.

En ese momento, y aunque mis canciones no pasaban del “GATATUMBA” y alguna otra que no consigo recordar, no pude evitar crecerme un poquito ante esa mirada de admiración de mi pequeño flautista.

Cuando lo vi tocar parecía que faltaban dedos o sobraban agujeros de ese instrumento desconocido para él. Lo que querían ser notas musicales, desafinaban incansablemente y su enfado iba “in crescendo” a medida que el extraño instrumento chirriaba cada vez más.

De repente tuve una idea y pensé en la manera de relajarlo para que no soplara sin ton ni son, por su bienestar emocional y por mi oído también, no mentiré.

Le pedí que cerrara los ojos y que examinara la flauta con los dedos, que la acariciara de arriba a abajo para que dejara de verla como un aparato hostil y lo sintiera como el instrumento dulce del que podían salir magníficas melodías.

Una vez la hubo examinado con detenimiento, aún con los ojos cerrados, le pedí que buscara los agujeros y que los tapara poniendo cada dedo en su posición, para ello debía centrar bien la yema del dedo en cada hueco, y de esta manera conseguiría que el sonido saliera limpio.

Un poco refunfuñando y sin muchas esperanzas, comenzó a tapar los agujeros con sus pequeños dedos y cuando lo hubo hecho, le pedí que soplara. Que sintiera la música. Y ¡chas! Como si de magia se tratase, del instrumento alargado y hostil, salió un sonido limpio y virtuoso.

Mi hijo abrió los ojos como platos:

—¡Me ha salido, mamá!

—Sí cariño, te ha salido —afirmé mientras lo miraba con admiración.

—¡Entonces ya sé tocar la flauta! —exclamó entusiasmado.

—Ahora ya sabes cómo hacer para que suene bien, solo el tiempo y la práctica te ayudarán a que le saques el mejor partido.

Aquel día los dos aprendimos la importancia de SENTIR aquello que hacemos.